Por Carlos Basso

50 años después de haber sido condenado por injurias y calumnias contra Colonia Dignidad, Wolfgang Müller (hoy Kneese), el primer prófugo de la secta, revela detalles de sus fugas y cuenta lo que significa que la Corte Suprema haya rescatado la verdad de los horrores que denunció en 1967. Su abogado, Hernán Fernández, dice que el fallo que lo absolvió no solo le devuelve el honor a Kneese, sino también a la justicia chilena. Para la historia queda la querella que llevó a la cárcel a Wolfgang en 1967, redactada por el abogado Luis Ortiz Quiroga, representando el reducto que lideraba Paul Schäfer.

“La mujer embarazada dio a luz” fue todo lo que dijo Wolfgang Müller Lilischies una tarde de julio de 1967 al llamar desde un teléfono público de Mendoza (Argentina) a un número en Santiago que llevaba anotado en un papel. Dicho número correspondía a un anexo de la antigua embajada alemana en Santiago, donde respiraron aliviados al escuchar el santo y seña que debía pronunciar en caso de arribar sano y salvo a Argentina, concretando así la primera fuga de las garras de Paul Schäfer.

Pocos meses antes, Müller había sido condenado por injurias y calumnias por el Juzgado de Letras de Parral, después de que el abogado Luis Ortiz Quiroga, actuando a nombre del representante legal de Colonia Dignidad (Hermann Schmidt), se querellara en su contra. En un caso inédito en Chile, Müller (cuyo apellido actual es Kneese) recibió una pena corporal de cinco años y un día (posteriormente rebajada en segunda instancia a tres años y un día), por haber denunciado los malos tratos que recibía en la colonia, ante lo cual decidió escapar de Chile.

IMAGEN PODER A LUIS ORTIZ QUIROGAComo señala su abogado, Hernán Fernández, “Wolfgang fue perseguido judicialmente por denunciar la persecución de que fuera objeto por parte de Colonia Dignidad”.

Y no solo eso. Durante 50 años Wolfgang Müller fue desacreditado a consecuencias de sus antecedentes penales, llegando al absurdo de que, en 1986, el “canciller” de Paul Schäfer, Hartmut Hopp, dijera ante el parlamento alemán que a Kneese no se le podía creer nada, pues era un hombre condenado por injurias en Chile.

Medio siglo después, el 23 de agosto pasado, la Corte Suprema revirtió dicha condena, en un hecho que para Fernández “devuelve su honor no solo a Wolfgang, sino que también restituye su honor a la justicia chilena, así como su credibilidad y su prestigio”

(vea aquí el fallo de la Corte Suprema).

Kneese, en tanto, dice vía telefónica desde Hamburgo, que lo sucedido “es como si hubiera jugado una partida de ajedrez con el diablo y le hubiera ganado”.

PRISIONERO EN CHILE

Como se señala en el recurso de revisión que Hernán Fernández presentara ante la Corte Suprema el año pasado, Kneese conoció la “Misión Social Privada” (como se llamaba la agrupación liderada por Schäfer en Alemania) en 1957, cuando tenía 12 años y vivía en la ciudad de Heide, ocasión en que su madre lo mandó 14 días de vacaciones al hogar que mantenía Schäfer en ese lugar. Para Wolfgang, ese momento fue “el inicio de años de opresión, esclavitud y torturas inimaginables”.

Pese a que eran solo dos semanas, Kneese no pudo salir más de allí, siendo sometido a abusos por parte del líder de la secta e impidiéndosele cualquier tipo de comunicación con su progenitora, Vera Lilishkies. Junto a todo lo anterior, y como siempre sucedió con el grupo, fue obligado a trabajar, gracias al control que Schäfer mantenía de los integrantes de su secta, a través de la manipulación de textos bíblicos, hasta que en 1961 todos los integrantes fueron enviados a Chile, luego de las primeras denuncias por abusos sexuales en contra de Schäfer.

Paul-SchäferDebido a ello, relata Kneese, se inventaron tres excusas distintas para justificar la salida de Alemania. A quienes estaban dentro de la secta, especialmente a los niños, se les dijo que debían irse porque los rusos invadirían al país. A las autoridades chilenas, en tanto, se les aseveró que venían a ayudar a los huérfanos del terremoto de Valdivia, mientras que a los padres de los niños que estaban siendo sustraídos les indicaron que no había nada de qué preocuparse, pues los jóvenes realizarían una gira musical por Dinamarca y regresarían pronto.

El edificio de Heide, en tanto, señala el recurso de revisión, “fue vendido a la Fuerza Aérea Alemana en un significativo precio, (lo) que despierta interrogantes por los contactos e influencias de la secta y por la facilidad con la cual se realizó dicha operación”.

Ya en el predio de Parral, comprado por Schäfer a unos italianos, Kneese comenzó a pensar en fugarse y así fue como en junio de 1962 lo hizo por primera vez, para lo cual tomó un caballo del predio y huyó hacia la Panamericana. En la primera estación de servicio que encontró dejó el caballo atado a un poste, con un papel que indicaba que tanto el animal como la montura pertenecían a Colonia Dignidad y que debían ser entregados a Herman Schmidt. Era un día en que llovía torrencialmente y, sin saber qué hacer ni a dónde ir, y apenas balbuceando algo de español, Wolfgang se puso a hacer dedo, hasta que se detuvo el vehículo de una familia chillaneja de apellido Echeverría, cuyos integrantes pensaron que se trataba de un estudiante.

Una vez en el auto, y mientras estilaba, le preguntaron dónde iba.

-A donde sea que ustedes vayan -les respondió.

Acogido por esas personas, que lo llevaron a su casa en Chillán, sintió por primera vez amabilidad y protección en Chile.  Sin embargo, a los pocos días fue detenido, acusado del hurto del caballo, y reingresado a la colonia.

Un año más tarde, en 1963, su madre recibió por fin de manos de Schäfer la posibilidad de verlo. Para ello, le pusieron condiciones: debía abandonar Alemania, integrarse a la colonia en Chile y trabajar para ella. Desesperada, aceptó y se trasladó a Parral.

Sin embargo, a poco de arribar, “la encerraron en una habitación de castigo, con maltratos y drogas, luego de que se enteraran que le había contado de mi fuga en 1961”, relata Kneese. A fin de evitar el contacto entre ambos, decidieron trasladar a Wolfgang hasta Santiago, a la casa que la colonia mantenía en la capital, desde donde logró concretar su segunda fuga. Así, llegó a San Bernardo y se las arregló para ir a Chillán, a buscar ayuda con la misma familia que lo había auxiliado antes, que le consiguió alojamiento con unos amigos en Temuco. Llevaba cerca de dos semanas allí cuando apareció una patrulla de Carabineros, que lo sacó del lugar y lo devolvió a la colonia, sin explicaciones.

El periodista Gero Gemballa (fallecido en extrañas circunstancias en 2005) contaba en su libro “Colonia Dignidad” que al recapturado Wolfgang le cortaron el pelo muy corto y “lo condenaron a no hablar por tres años. Siempre recibía menos de comer y de beber que los otros trabajadores en el campo. En el cementerio del campamento tenía que cavar tumbas”.

Por cierto, no era solo eso. Kneese asegura en su recurso ante la Corte Suprema que “la represión después de la captura fue tan brutal como en la primera fuga. Esta vez me aislaron, debía dormir en una celda. Un día me dijeron que tenía una enfermedad y comenzaron a darme píldoras diariamente”.

Como Wolfgang se dio cuenta de que las pastillas lo aturdían, comenzó a evitar su ingesta, escondiéndolas debajo de la lengua cuando le exigían abrir la boca para ver si las había tragado. Pero, claro, no tardaron en darse cuenta del engaño, así es que los “médicos” de la colonia remplazaron las pastillas por inyecciones. Del mismo modo, lo vestían de rojo en el día y de blanco en la noche, para identificarlo con mayor facilidad si trataba de escapar.

Pese a ello, en agosto de 1966 lo intentó de nuevo, temiendo correr la misma suerte de Ursula Schmitke, una joven “rebelde” como él, quien meses antes falleciera de una supuesta pulmonía (en pleno verano), muerte en la cual siempre se ha sospechado la presencia de algún agente químico, como el gas sarín.

Para la tercera fuga, Kneese se lanzó al río Perquilauquén, el que cruzó a nado, seguido por patrullas de hombres armados y por diez perros pastores y doberman. Según cuenta, mientras escapaba en medio del agreste terreno, escuchaba detrás de él los ladridos y las sirenas que avisaban de la fuga.

Luego de atravesar lo que califica como “montañas de zarzamoras”, de las cuales salió con toda la piel herida, tuvo que eludir a dos vigilantes de la colonia que lo esperaban al otro lado. Así fue como, completamente ensangrentado, logró llegar a un pequeño restorán de Catillo, donde le dieron comida y ropas nuevas. Gracias a la ayuda recibida pudo llegar a Parral y tomar un tren a Santiago.

Allí se dirigió de inmediato a la sede de la embajada de Alemania. Le tomaron declaraciones por varias horas y lo enviaron al hogar de ancianos alemanes en Pudahuel, en el cual, a petición de la legación diplomática, quedó con custodia de la PDI. Dicha medida, se constataría más tarde, era más que necesaria, pues el 8 de marzo de 1967 una quincena de colonos intentó asaltar el hogar, para secuestrar a Kneese.

La presencia de los policías frustró los planes de los alemanes enviados por Schäfer, algunos de los cuales resultaron detenidos. El hecho causó mucho interés en la prensa y en los días subsiguientes el joven prófugo fue entrevistado por varios medios, de lo cual se valió la colonia para querellarse en su contra.

Según el libelo redactado por el abogado Ortiz Quiroga, Kneese había afirmado a la revista Ercilla “que sus ex compañeros de la colonia lo buscan para darle muerte, y lo estarían esperando a que saliera de la cárcel con ese objetivo”. Asimismo, le pareció injurioso que dijera que “nosotros en la Colonia somos esclavos y llevamos una vida de perros”.

IMAGEN QUERELLA L ORTIZ QUIROGA

Del mismo modo, lo acusaban de injurias, porque una tercera persona, Melania Sepúlveda, dueña del restorán del sector Cuatro Esquinas, donde lo habían auxiliado, señaló a Las Ultimas Noticias que, según Müller, lo perseguían con perros y carabinas. Melania Sepúlveda también le señaló al mismo diario que Wolfgang “nos dijo que les pegaban cuando no hacían bien los trabajos; que los encerraban en un subterráneo y a las niñas las ataban de los brazos a la pared y las azotaban”

(vea aquí la querella presentada contra Wolfgang Müller en 1966).

La querella escrita por Ortiz Quiroga decía que todas esas imputaciones eran “totalmente falsas” y que, por el contrario, los directivos de la secta eran “gente seria, honesta y dedicada exclusivamente al trabajo”.

Ese proceso judicial, decía Gero Gemballa, estuvo plagado de irregularidades. Según el fallecido periodista, “aunque Wolfgang Müller hablaba español, ante el tribunal solo le permitieron hablar en alemán. Al intérprete, la dirección (de la colonia) lo trató de una manera especialmente deferente. Fue invitado junto a su esposa e hijo a la Colonia Dignidad, fueron hospedados y atendidos solícitamente, le hicieron pequeños y grandes regalos”.

El 25 de febrero de 1967, Kneese fue condenado en primera instancia por el entonces juez de Letras de Parral, Hernán Olate Melo. El joven germano comprendió entonces que su futuro en Chile era más oscuro de que lo siempre pensó, pues la sentencia establecía que debía entrar a cumplir la pena en forma efectiva. En medio de todos estos avatares, Wolfgang ya había pasado varios meses en la cárcel, acusado por los directivos de la Colonia Dignidad de supuestos actos de connotación sexual (en circunstancias que él era la víctima) y no estaba dispuesto a ir preso de nuevo.

Así, aún recluido en el hogar de Pudahuel de la embajada alemana y con su madre en Santiago en ese momento, la que debió ser liberada por la colonia, debido a la presión pública y el escándalo que se generó a raíz del intento de asalto a la casa de ancianos, Wolfgang comenzó a urdir alguna forma de escapar, en la cual intervino también la embajada de Alemania en Santiago. La misma que más adelante haría la vista gorda respecto de lo que sucedía en la colonia, cuando dicho recinto se convirtió en un campo de exterminio de prisioneros políticos.

Gracias a la buena disposición que existía en 1967, personal de la legación diplomática puso a la madre de Wolfgang, Vera Lilishkies, en contacto con una familia de origen suizo que residía en calle Holanda (Ñuñoa), de apellido Jakob, la cual estaba dispuesta a ayudar a Wolfgang a huir. Con ellos se planificó todo en detalle y así fue como el 9 de julio de 1967, día de la fiesta del Cristo Redentor en el Paso Los Andes, los suizos partieron en auto hacia la cordillera con el joven alemán, sabiendo que por la cantidad de público que habría ese día, los controles serían menos estrictos y la policía estaría preocupada de la multitud.

Un par de kilómetros antes de la aduana chilena, el auto se detuvo a un costado y uno de aquellos “ángeles de la guarda”, como los define Kneese, se bajó con él del coche y lo internó por un sendero, explicándole por dónde debía seguir, a fin de cruzar la cordillera a pie y rodeando las instalaciones aduaneras y policiales, a través de lo que recuerda como “un trayecto clandestino, por precipicios, bordes de montañas e inexistentes caminos”.  Gracias a las instrucciones que le dio su nuevo amigo, un montañista experto, el joven alemán pudo afortunadamente sortear sin mayores dificultades todos los obstáculos.

Algunas horas más tarde, ya en Argentina, Kneese se reencontró con los Jakob, quienes lo fueron a dejar a Mendoza.

Desde allí hizo el llamado convenido a la embajada alemana en Santiago y tomó un tren rumbo a Buenos Aires, ciudad donde lo esperaban otros diplomáticos, quienes lo llevaron a un hotel. Tras descansar algunos días por fin pudo tomar un avión de regreso a Alemania, donde años después cambió su apellido a Kneese, luego de casarse, convirtiéndose además en uno de los principales perseguidores de Paul Schäfer.

UNA ROSA PARA CADA JUEZ

Pese a que la desaparición de su condena por injurias y calumnias no tiene ningún efecto práctico, Kneese dice que llevar ese peso durante 50 años fue como “tener un crédito que nunca se ha pagado, es algo que molesta toda la vida”.

villa-baviera-antiguaEl fin de sus antecedentes penales en Chile se gestó gracias a la jurisprudencia que sentó la Corte Suprema, luego de fallar favorablemente un recurso de revisión en el caso de los Consejos de Guerra de la FACH en que fueron condenados, entre otros, el general Alberto Bachelet. El recurso de revisión es una medida excepcional, que solo se usa “para invalidar sentencias firmes o ejecutoriadas que han sido ganadas fraudulentamente o injustamente” y en las cuales se ha cometido “una injusticia manifiesta”, como señala el fallo de la Corte Suprema.

Teniendo eso en cuenta, el recurso de revisión presentado en noviembre del año pasado por Hernán Fernández, establecía que luego de la sentencia aplicada contra Kneese en 1967, “han ocurrido o se han descubierto diversos hechos y han aparecido diversos documentos desconocidos durante la tramitación de este proceso, que son de naturaleza tal que bastan para establecer su completa inocencia en aquellos que se le imputaron en el pasado”

(vea aquí recurso de revisión presentado por Hernán Fernández).

Para probar ello se agregaron numerosos antecedentes, entre ellos informes parlamentarios y sentencias judiciales, las cuales dan cuenta de que en la Colonia Dignidad se cometió todo tipo de delitos y crímenes, desde abusos sexuales hasta homicidios, secuestros, tráfico de armamentos, fraudes aduaneros y muchos más.

-Al recurso se acompañaron más de dos mil páginas de antecedentes respecto de las acciones criminales de la Colonia Dignidad, incluyendo además la documentación relativa al reconocimiento que efectuó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania en 2016, en orden a que no se había hecho lo suficiente a favor de las víctimas que sufrieron el régimen del terror a que las sometía Schäfer -explica Hernán Fernández.

Con todo ello, en un fallo histórico, la Corte Suprema concluyó el 23 de agosto que la condena dictada por el juez de Parral en 1967 era injusta, pues los hechos demuestran que los dichos de Kneese no tenían ningún ánimo de injuriar o calumniar, sino que, por el contrario, buscaban “informar a la población en general, y a la autoridad en particular, de los graves hechos que estaban ocurriendo en la llamada Colonia Dignidad”.

La sentencia, emitida por los jueces Milton Juica, Carlos Künsenmüller, Lamberto Cisternas, Jorge Dahm y la abogada integrante Leonor Etcheberry, concluye diciendo que, por todo lo anterior, se declara absuelto a Wolfgang Kneese de los cargos, “por haber sido probada su completa inocencia”.

Margarita Romero, presidenta de la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad, dice: “Wolfgang recorrió un largo camino para que se hiciera justicia y se declarara su inocencia. Fueron 50 años de espera para que los tribunales reconocieran que la denuncia que él hizo a los 21 años sobre los crímenes que estaban cometiéndose en la Colonia Dignidad era la pura verdad. Es un ejemplo de valor, solo comparable al de las víctimas de la dictadura cívico-militar que fueron llevadas a Colonia Dignidad”.

-Por décadas a las víctimas no solo no se les creyó, sino que fueron perseguidas, recapturadas y maltratadas, como sucedió con el caso de Karl Stricker, y muchas de ellas murieron buscando justicia y protección –señala el abogado Hernán Fernández.

Hoy y luego de la emoción por el fallo de la Corte Suprema, Knesse solo ansía poder viajar pronto a Chile. Según dice, apenas llegue se dirigirá al edificio de la Corte Suprema, para llevar una rosa a cada uno de los ministros que fallaron en su caso, como símbolo de agradecimiento hacia ellos y como símbolo del restablecimiento de la justicia en Chile.

Fuente: Ciper Chile